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No siempre se convierten en visibles las consecuencias de las situaciones de presión, tensión o de los ambientes perjudiciales, a las que están sometidas y en los que viven los niños. Pero la dificultad de su apreciación no las convierte en inexistentes.

Es una problemática que forma parte del día a día de muchos niños y jóvenes que, por diferentes causas, necesitan que se atiendan esas situaciones y poder así afrontar con seguridad situaciones vitales.

¿Cómo atender lo que no se ve? Os preguntareis… Bueno, a veces basta con observar. Mirar lo que otros quieren que veamos de ellos es lo fácil. Vemos lo que muestran, ven lo que mostramos. Sólo aquellos que saben observar, que saben mirar más allá sin flotar tranquilamente en la superficie, son los capaces de conocer lo que ven.

Es así como realmente se obtienen las pistas que nos pongan sobre aviso de que pueda estar ocurriendo algo. La observación primero, la conexión empática, y la relación personal son nuestras armas para ver lo que a priori no es evidente. Es entonces cuando se debe actuar. Intentar esclarecer el terreno que se pisa y buscar las líneas de acción/intervención adecuadas.

Ayudar a potenciar la resiliencia en el antes, durante, y/o después de que esa situación adversa ocurra, puede convertirse en la base futura de cualquier intervención. Potenciar lo que yo denomino fuerza mental. Potenciar la capacidad individual de fortalecerse y rehacerse, de ser capaces de salir adelante por doloroso que sea el camino a andar.

No somos marionetas de un guionista que nos lleva y trae a merced de su imaginación caprichosa. Somos seres humanos, racionales y sentimentales. Seres capaces de analizar y entender, de sentir y decidir. Decidir cuál es el camino que le merece la pena seguir.