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En 1937 nace en Burdeos (Francia), Boris Cyrulnik. Pertenecía a una familia emigrante ruso judía, y en esos años eso significaba que no le esperaba una infancia nada sencilla ni deseable. Ironías de la vida, o del destino si creen en él, su padre se dedicaba al trabajo con el ébano, madera de un negro muy intenso y que, además, es una de las que se hunden en el agua. Pero precisamente por esto, posee una gran capacidad de pulido y suave textura.

Boris y su madre. 1938

Tenía dos años cuando su padre, al igual que tantos otros judíos, se alistó en la Legión. Y permaneció bajo el único cuidado de su madre, que vendía artículos en los muelles, hasta los 5 años. “De forma extraña, guardé un recuerdo muy preciso de mis padres. Veo de nuevo a mi padre leer su periódico, o persiguiéndome alrededor de la mesa del comedor.”[1]

Europa se consumía bajo la sombra del Holocausto, y su madre no estaba dispuesta a permitir que su hijo se “hundiera” en las “aguas” nazis. Con la ciudad sometida, trató de evitar que cayera en manos alemanas, y confió a su hijo a una pensión. Al día siguiente sería detenida y deportada. Pero no fue suficiente. Desde la pensión, fue trasladado a la Asistencia Pública francesa. El director resultó ser hermano de la institutriz del pequeño, Marguerite Ferge, quien le adoptó y escondió en su casa tratando de evitar que le capturaran. Era un niño muy querido por Margaux (como el niño la llamaba), incluso sus padres le habían confiado unas joyas de la familia para que se las entregara a Boris cuando llegara el día en que contrajera matrimonio. Y así fue.

 La situación empeoraba. Y Marguerite le cambió el nombre por Jean Laborde, y le mantuvo encerrado en su casa durante 18 meses aproximadamente. No estuvo, por tanto, en contacto con ningún otro niño y cuenta que escuchó a la madre de Marguerite reñirla por su causa: “¡pero no comprendiste que sus padres jamás volverían, que murieron!”. Escuchar aquello despertó en el pequeño Boris la necesidad de aprender a leer, por si algún día debía hacer lo propio con la defunción de sus padres.

Sin embargo, una noche, le descubrieron a través de una redada policial. Un hermano de Margaux les delató, y policías franceses y alemanes irrumpieron violentamente en la casa y le condujeron, junto a otros niños judíos, a la Sinagoga de Burdeos. “Poco a poco, grupos de adultos se juntan a nosotros, el de los niños. Muchos de ellos lloran.”  De ahí les conducirían a la estación de Saint Jean, desde donde serían deportados. “No es fácil para un niño saber que le han condenado a muerte.” 

Pero el pequeño Boris, consiguió evitarlo escondiéndose en los cuartos de baño detrás de enormes tableros de madera. Sabía que los policías revisarían los aseos, y aprovechaba la forma de “Z” de los tableros, para subir hasta el techo. “Ninguno tuvo la idea de levantar la cabeza. Pero no tengo ningún recuerdo de miedo o emoción de aquellos momentos. Sabía que tenía que evadirme. Eso es todo.”  Con sólo 6 años, cuando el ruido cesó y la Sinagoga se vació, escapó de allí. Se topó con la camioneta de la enfermera que momentos antes les había distribuido leche. Le reconoce y le esconde bajo el colchón de la moribunda que debía transportar. “Después de Margaux, fue la segunda persona que me salvó la vida.”

Comenzaron para él dos años de vagar por centros y familias de acogida. La Asistencia Pública francesa le trasladó, con 8 años, a una granja como mozo bajo el nombre de Jean Laborde. Boris no había pisado aún una escuela. De haber seguido allí, posiblemente habría acabado convirtiéndose en un joven analfabeto. Y de nuevo, no fue así. Cuando la contienda llegó a su fin, además de reencontrarse con Margaux junto con aquella enfermera, una tía suya (hermana de su madre) logró encontrarle y le llevó con ella a París. Sus padres no habían sobrevivido, pero ella siempre le repetía: “tu madre quería que fueras médico.”  A los 11 años, finalmente, pudo acudir a la escuela. Y sentía que tenía que convertirse en médico para hacer que su madre viviera, aunque fuera un poco.

Once años, y no sólo no se había hundido, sino que el proceso de pulido no había hecho nada más que empezar. Quiso saber, quiso entender… y eso se convirtió en su motivación para estudiar psiquiatría. Pero la necesidad de esgrimir su propia existencia, de comprender lo que subyacía a los titulares de su vida, le llevaron a estudiar psicoanálisis y neuropsiquiatría. Finalmente, aquel niño se convirtió en un médico empeñado en entender sus propias ganas de vivir.

“Estudié medicina por un deseo de seguridad, de integración; nadie duda de que es porque mi familia fue deportada por lo que yo quise orientarme a la psiquiatría, explorar la mente humana y dar un sentido a lo incomprensible.”

“Nunca experimenté odio hacia nuestros verdugos. Pero tenía que comprender cómo hombres cultivados habían sido capaces de infligir tales tormentos. Pensé que la psiquiatría me daría respuestas y me permitiría ayudar a los que habían sufrido las mismas pruebas.”


Trayectoria Profesional

Muchos son los méritos a destacar en la trayectoria profesional de Boris Cyrulnik. Boris CyrulnikEs uno de los fundadores de la etología humana, o de la rama de la etología (estudio del comportamiento de los animales en libertad o en laboratorio) que, considerando al hombre como animal, estudia el comportamiento del mismo. De hecho, Cyrulnik es el responsable del equipo de investigaciones de etología clínica en el Hospital de Toulon. Y además, desde hace casi dos décadas, es el Director de estudios de la Facultad de Ciencias Humanas en la Universidad de Var, Francia.

Pero para mí, sin duda alguna, la admiración que profeso al Dr. Cyrulnik se basa en el desarrollo que ha realizado del concepto Resiliencia. Y cómo ha conseguido añadir luz a la relación existente entre lo espiritual y lo físico. Y todo ello mediante el trabajo con casos reales que ilustra en sus numerosas obras. Porque además, es miembro del patronato de la Coordination française pour la Decennie de la cultura de paz y de no violencia, presidente del Centre National de Création et de diffusion culturelles de Châteauvallon y miembro directivo de la oficina en Francia, coordinadora del programa Decenio de Naciones Unidas.

Vemos por tanto la encrucijada de disciplinas sobre las que Cyrulnik trabaja, ofreciendo constantemente alternativas más optimistas a las teorías sobre el trauma y sus efectos y consecuencias. Mostrándonos que realmente existe ese mecanismo autoprotector que nos permite amortiguar los golpes del trauma. ¿Cómo? Mediante la existencia de lazos afectivos desde la infancia, y mediante la expresión de las emociones. “Debido a los fuertes vínculos con el mundo que los rodea, las niñas y los niños pueden valerse de una especie de “reserva” biopsíquica que les permite sacar fuerzas de flaqueza y esto es posible, sobre todo, si el entorno social está dispuesto a ayudarles.” Los patitos feos (2002).