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La tranquilidad que produce la muerte real en aquellos que la estiman más de lo que socialmente es aceptado, se traduce en la necesidad de creer en algo que puedan alcanzar. La necesidad de tener un objetivo propio, personal y realizable que no esté condicionado por nada, salvo por la decisión propia. Al fin y al cabo, no hay nada tan propio de cada uno como su vida, en el sentido menos metafórico posible.

Cuando vives una vida que no es tal, cuando razón y corazón no son capaces de soportarla al no encontrar nada que sirva de base… te encuentras directamente, cara a cara, con el hilo invisible que une a la vida con la muerte, a la luz y la oscuridad.

Es entonces cuando te planteas… ¿por qué razón no debería cortarlo? Y miles de imágenes, reales e imaginadas, lo vivido y lo que querrías que hubiera sido, inician un combate a muerte en vida. Desde ese momento, desde que mueres aunque respires, todo lo que te haya llevado a esa situación pierde momentáneamente su sentido, y tu principal enemigo acabas siendo tú mismo.

Lo poco que queda de ti lo destruyes, porque estás convencido de que no tienes absolutamente ningún derecho a sentir nada. Que hundirte no es suficiente castigo por existir. Que mereces menos aún. Que tu propia respiración es un beneficio demasiado generoso para lo que mereces…

Pero escalar es posible. Difícil. Tremendamente difícil. Pero puedes hacerlo. Escalón a escalón, subiendo y retrocediendo, sí. Pero la disposición de ser capaz de intentar subir el primero, constituye ya el inicio del renacer.

Citando a Boris Cyrulnik, de su obra Los Patitos Feos (2001): “cuando uno renace una segunda vez, y surge el oculto tiempo del recordar, entonces el instante fatal se vuelve sagrado.” Pág. 22.

Es tu punto de partida. Es la base sobre la que pretendes escribir una nueva vida. Has estado más allá. Más de lo que mucha gente estará nunca. Y volver a la realidad de la vida que dejaste, convierte esa etapa en simbólica, en mito.

Desde ese momento no te conocerás, no sabrás quién eres realmente, pero la sociedad exigirá que mantengas el ritmo que marque como si realmente supieras quién eres. Nadie te esperará, pero debes tener la suficiente inteligencia vital para reservarte tu tiempo de autoconocimiento.

La salida que nos permite revivir, ¿sería entonces un paso, una lenta metamorfosis, un prolongado cambio de identidad? Cuando uno ha estado muerto y ve que la vida regresa, deja de saber quién es. Es preciso descubrirse y ponerse a prueba para probarse que uno tiene derecho a la vida.” Íbidem.