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Acababa “Muerte en Vida” con un canto a la esperanza. A la posibilidad de escalar. Pues bien, como decía, ese momento llega. Claro que llega.

Llega por eliminación o ausencia de la situación traumática, o porque simplemente llega el momento en el que algo cambia dentro de ti; la oscuridad parece hacer amagos de querer despejarse, y te propones superarla. En ambos casos estás en disposición de, no sólo conocer la resiliencia, sino de vivirla. Pero ése será un largo camino que desde este blog se tratará de iluminar poco a poco.

Por ahora, tenemos que quedarnos con la idea de que tras la tormenta, la calma no llega de inmediato. No reluce el Sol ni contemplamos embobados preciosos arcoíris. Pero las constantes vitales vuelven a aparecer. El bip de tu alma empieza a resonar, aunque sea débilmente. Es el momento de empezar de cero, pero no desde el mismo punto.

Es el momento de aprender a andar con los pies de la seguridad. De aprender a moverte con la gracia de la confianza. De mirar con los ojos de la esperanza y de respirar aprendizaje. Todo empieza de nuevo cuando vuelves a la vida. Todo empieza porque despiertas en una nueva vida. Lo mencionaba en la entrada  anterior: has conocido lo que hay más allá, y en este punto, es cuando lo abandonas. Pero no regresas a salvo.

El vacío tan horrible que se experimenta cuando uno no quiere vivir, o simplemente no crea que deba hacerlo, no desaparece en ese peregrinaje místico. Solo que en el retorno debemos aprender a llenarlo. Lo fundamental de esta etapa es que ahora sí crees que puedas y debas hacerlo.

No voy a engañar. Es un camino difícil. De años. Y con recaídas prácticamente aseguradas. Es cuando cobra aún más importancia si cabe la necesidad absoluta de un entorno saludable que te ayude a eso. Aunque sea la existencia de una única persona la que proporcione ese apoyo sería suficiente (como os mencioné en otra ocasión, hablaremos más adelante de esta persona). Pero es una ardua tarea que requiere grandísimas dosis de empatía, paciencia, y respeto por el dolor.

comienzo

Por último, me animo a hacer referencia de nuevo a un párrafo del mismo libro de Cyrulnik que refleja a la perfección el sentimiento que hay detrás de cada palabra de este post:

Cuando los niños se apagan porque ya no tienen a nadie a quien querer, cuando un significativo azar les permite encontrar a una persona -basta con una- capaz de hacer que la vida regrese a ellos, no saben ya cómo dejar que su alma se reconforte. Entonces se manifiestan unos comportamientos sorprendentes: corren riesgos exagerados, inventan escenarios para sus ordalías, como si deseasen que la vida les juzgase y lograr de este modo su perdón“.Íbidem, pág 22.