Etiquetas

, , ,

Kauai Valley

Kauai Valley

Si hay alguien a quien debemos conocer al hablar de resiliencia, es a Emmy Elizabeth Werner. Nacida el 26 de Mayo de 1929, en Eltville (Alemania), aunque perteneciente a una familia mitad alemana, mitad francesa. Esto propició que en su hogar siempre leyeran en ambos idiomas, incluso a veces también en inglés. Razón por la que su amor por la lectura fuera en aumento. A modo de apunte, cabe señalar que Emmy pertenece a una familia con una larga historia en el ámbito de la imprenta – remontándose incluso hasta Gutenberg – y en la elaboración de vinos.

Debido a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), su escolarización desde que tenía 10 años fue muy irregular. Acudía a la Middle School (escuela para niños de 9 a 13 años) en medio de los bombardeos de los aliados. Recibiendo clases, o más bien fragmentos de aprendizaje, en sótanos antiaéreos. Durante este tiempo, y en postguerra, Emmy tenía dos “objetos” transicionales (objetos en los que se deposita apego): los libros, y su perro Lux, quien finalmente moriría de cirrosis años después.

Y así fue creciendo. Cadáveres bajo escombros, niños huérfanos vagando sin rumbo, falta de alimentos… hasta que aproximadamente un año y medio después, pudo regresar a una escuela en la que faltaban muchos de los profesores y niños que un día conoció. Les hicieron recuperar, en unos 18 meses, los años de escolarización perdidos. Una vez finalizaban, les concedían el Abitur.

Emmy WernerEstudió hasta 1950 en la Universidad Johannes Gutenberg (JGU), en Maguncia, Renania-Palatinado (Alemania), institución por la que pasarían políticos como Rainer Brüderle y Franz Josef Jung.

En 1952, Emmy emigra a Estados Unidos, obteniendo la nacionalidad en 1962. Allí, en la Universidad de Nebraska-Lincoln (UNL), obtiene su Doctorado. Pero también realiza estudios de postgrado en la Universidad de California-Berkeley (CAL, UC Berkeley). Considerada como la cuarta mejor universidad del mundo (con la cuarta biblioteca académica más grande del mundo), de sus clases han salido 28 premios Nobel.

En la actualidad, Emmy es profesora emérita en la Universidad de California (UCDavis), en el Departamento de Desarrollo Humano y Comunidad.  Es miembro de la APA (Asociación Psicológica Estadounidense), de la SRCD (Sociedad para la Investigación en Desarrollo Infantil), del IIE (Instituto de Educación Internacional), de Psi Chi (Sociedad de Honor Internacional en Psicología), y de PLT (Pi Lambda Theta)

Emmy y la resiliencia

Vulnerable but InvincibleYa os comenté en esta entrada (Inicios) el estudio que Werner llevó a cabo y  por el que se comprobó que había quiénes estando, a priori, condenados a presentar problemas futuros, conseguían llevar una vida exitosa. En aquella ocasión, os presenté dicho estudio de una forma muy muy resumida. No obstante, está publicado bajo el nombre: “Vulnerable but Invencible. A Longitudinal Study of Resilient Children and Youth.”  (Por si a alguien le interesa comprar la publicación, podéis hacerlo aquí: www.amazon.com.)

Cuando Emmy Werner comenzó esta investigación longitudinal, en 1955, en una isla de Kauai (Hawai), no sospechaba que los resultados obtenidos sentarían las bases de una nueva concepción del ser humano.

Inició su estudio con una muestra de 700 niños recién nacidos procedentes de familias que vivían en situaciones desfavorables de pobreza, desestructuración, enfermedades mentales, alcoholismo… Con la intuición de que, tras 30 años de seguimiento, obtendría datos que confirmaran que esos niños expuestos a entornos desfavorecidos, desarrollarían patologías de cualquier índole.

Efectivamente, parte de la muestra confirmó esa hipótesis. La sorpresa la obtuvo cuando el 30% de los niños no sólo no desarrolló ninguna patología sino que vivía una vida completamente normal, con un desarrollo sano y positivo.

E. WernerA partir de aquí, se comienza a replantear sus creencias basadas en los paradigmas imperantes fundamentados en el riesgo. ¿Qué ocurría? Se puso nombre a lo inesperado, y tras erradicar la concepción de “niños invencibles” y centrarse en un aspecto genético, se acabó concluyendo que esos niños resilientes tenían algo en común: todos contaban con al menos una figura de apego (no necesariamente un familiar, y de la que os hablaré en otro post) que les aceptaba incondicionalmente, independientemente de sus características físicas, inteligencia o temperamento. De manera que Werner concluye: “la influencia más positiva para ellos es una relación cariñosa y estrecha con un adulto significativo.[1].

No cabe duda, al menos a mí no, de que estaremos en eterna deuda con Werner y su equipo. Sí. Cierto. No era ésta la India que buscaban, pero América esperaba. De nombre difícilmente pronunciable, cual Cipango para Cristóbal, la resiliencia entró a formar parte de estudios e investigaciones. De éxitos y piedras que nos han conducido hasta nuestro punto actual.