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La casita de Vanistendael o cómo construimos resiliencia (1994). Equiparar su construcción con la de una casa permite simplificar el proceso, convirtiendo su conocimiento en un material significativo que facilite su comprensión.

El suelo constituye  el elemento básico y fundamental de toda construcción. Por tanto, son las necesidades materiales básicas (vivienda, alimento, ropa…) con las que debemos contar  para que la construcción de la resiliencia pueda comenzar. Son los mínimos sin los cuáles no se puede avanzar, pero como es evidente, techo y comida no bastan.

Los cimientos de nuestra construcción responden a la confianza adquirida a través de las experiencias vividas con los más cercanos. El vínculo que nos une a familia, amigos… sentirnos aceptados, comprendidos, es básico para la construcción de resiliencia.

Subiendo al primer piso, nos encontramos con la necesidad de dotar de sentido a lo que nos ocurre. Tenemos que ser capaces de responder al “para qué” nos ocurren las cosas, dotándolas así de significado e iniciando, por tanto, el aprendizaje que nos lleva más allá del “por qué”.

En el segundo piso, el de las otras experiencias, se sitúan aquellos otros elementos como las aptitudes personales y sociales, autoestima, e incluso el sentido del humor. Son elementos básicos en la resiliencia.

Finalmente, en el techo reside la apertura a las nuevas experiencias. A incorporar elementos nuevos que ayuden en la construcción de la resiliencia.

Una casa, como una persona resiliente, no tiene una estructura rígida. Ha sido construida, tiene su historia, y necesita recibir cuidados y hacer las reparaciones y mejoras pertinentes. Las distintas habitaciones se comunican con escaleras y puertas, lo que significa que los diferentes elementos que promueven la resiliencia están entretejidos.”[1]

 casita