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No sé si estaréis conmigo o no, pero yo soy de las que piensan que las cosas se pueden superar, pero no olvidar. Y que además debe ser así precisamente porque la superación supone haber llevado a cabo un proceso de aceptación de la situación. O, al menos, un proceso de significación.

Hay que tener en cuenta que los problemas que nos afectan, las situaciones adversas, no pasan por nosotros como si pasearan tranquilamente por una playa paradisíaca. Sus huellas no desaparecen tan fácilmente al encuentro con el mar. Sus huellas aspiran más alto. Quieren entrar en nuestro paseo de la fama particular, plasmarse en el cemento, y vivir en nosotros para siempre.

Esto es algo que no se puede cambiar. La huella que el problema, que la adversidad, deja en nosotros, es algo que no podemos borrar. Pero no pasa nada, porque hay algo que sí podemos hacer: dotarla de un nuevo sentido. ¿Y si en vez de centrarnos en lo horrible que es, la adornamos con una estrella y hacemos de ella un recuerdo soportable?

No es tarea fácil, desde luego. Y mucho tiene que ver con aquello que nuestra familia nos transmite desde que nacemos. En este punto, lo que sabemos del apego cobra de nuevo todo su sentido. Pero lo fundamental en este punto es tener claro que, si durante nuestros primeros años de vida la actitud de la familia es adecuada, nos ayudarán en la confección de un estilo de comportamiento que nos permita enfrentarnos a las adversidades mediante el uso de nuestra propia fuerza interior.

Los procesos o mecanismos que podemos utilizar para llevar a cabo ese proceso, junto con esa actitud adecuada de la familia, son temas que iremos viendo en las próximas entradas.