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Hoy doy comienzo a una nueva sección que hace tiempo que quería incluir en el blog. Los que me seguís un poquito más sabréis que soy Psicopedagoga de profesión, o al menos es a lo que he dedicado años y esfuerzo en mis estudios superiores, y que hace poco comencé un segundo blog aún en “fase beta” centrado en este tema. Bien, pues una parte muy importante de la Psicopedagogía radica en las Técnicas Diagnósticas, a saber: observación, encuestas (donde se engloban tanto los cuestionarios como las entrevistas), los test, las técnicas proyectivas y las sociométricas. Esto quiere decir que dos de mis intereses confluyen en un punto: la medición de la resiliencia.

Resultará obvio, pero hay que decirlo: todo resultado de un test (sobre resiliencia, inteligencia, DAs, personalidad, intereses…) no puede tratarse como dato único y revelador de todo caso. No estamos ante respuestas mágicas. Hay que tomarlo como lo que es: un dato más en un estudio o investigación que nos orienta en nuestro trabajo. Si concretamos en el tema que nos ocupa, uno puede pensar que no tiene demasiado sentido cuantificar la cantidad de resiliencia que se posee como si de un CI se tratara, lo que nos conduce a otro pensamiento: si dejamos a un lado los números, ¿podemos pensar en una prueba que nos revele si uno dispone de los elementos que conforman la resiliencia y tomar los resultados como un punto de partida sobre el que trabajar? Si no nos ahogamos con la pregunta y la tomamos en consideración, nos surgirán muchas más. ¿Existen ya este tipo de pruebas? ¿En qué se basan? ¿Qué muestras se han utilizado? ¿Qué pretenden medir exactamente? ¿Son fiables? Creo que un único post no sería suficiente para adentrarse en estas cuestiones. Personalmente, soy bastante céntrica entre letras y números, por lo que esta línea me viene como anillo al dedo.

El test

En el post que he publicado hoy en mi beta: Apuntes de una Psicopedagoga, os muestro de una forma más detallada este asunto concreto de los test. Pero la información básica que nos sirve de ayuda para lo que estamos hablando aquí es que si queremos utilizar un test, debemos saber qué tenemos entre manos. Se trata simplemente de una técnica objetiva que trata de cuantificar diferencias entre sujetos. Pero como ya os digo, todas las puntuaciones que podamos obtener pueden variar dependiendo tanto del ambiente como de las circunstancias personales que se dan en el momento en el que se aplica la prueba. Obviamente, son cosas que hay que tener en cuenta sí o sí. Pero todo manual que se precie debe ponernos sobre aviso de este punto.

También en un manual tendremos que encontrar la información suficiente que nos diga si la prueba que tenemos entre manos nos vale o no. Si no la encontramos… mal vamos, vaya. Esta información, lo que nos tiene que decir es:

  • Si una prueba es válida o no. Será válida si mide lo que dice medir. ¿Cómo saberlo? Hay tres tipos de comprobaciones:

– Validez Predictiva: si el test es efectivo a la hora de predecir algún resultado futuro. Por ejemplo, el rendimiento del alumno. El test, está relacionado con variables que estamos estudiando.

 Validez Concurrente: si establece alguna relación entre el resultado del test y otra fuente de información externa al test.  Por ejemplo, un test de competencia matemática y la nota obtenida en la asignatura de Matemáticas. Hay correlación entre ambos.

– Validez de contenido: cuando comprenda una muestra lo suficientemente representativa de las conductas que se pretende medir.

  • Si una prueba es fiable o no. Un test es fiable si tiene consistencia en el tiempo. Para ello, ha de tener lo que se llama coherencia interna, o lo que es lo mismo: exactitud con la que un test mide una característica determinada. ¿Cómo se contrasta? Con aplicaciones sucesivas de un mismo test. Esto depende de la longitud del test, de la homogeneidad de la población y la objetividad del proceso de puntuación.

Estas dos características, la validez y la fiabilidad, son las dos que como mínimo un test tiene que tener. Pero existen otras dos más:

  • Normalización. (Tipificación estandarización) Es decir, hablamos de la uniformidad en las condiciones del empleo del test y la normalización de las puntuaciones directas para poder compararlas. Centiles, grado, CI… son puntuaciones normalizadas.
  • Sensibilidad. Capacidad del test de medir diferencias mínimas entre individuos o dentro de un individuo en ocasiones diferentes. Ha de ser muy preciso.

Cuando tengamos claro que la prueba que tenemos entre manos es, como mínimo, válida y fiable, nos tendremos que preguntar obviamente si es la adecuada para nuestro estudio: qué conductas muestrea la prueba, a qué sujetos se les puede aplicar y cuáles son las puntuaciones del manual. Si todo eso coincide con nuestros intereses, estaremos preparados.

Continuará…