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Hace poco leí en un artículo que, en el Foro Económico Mundial de 2013, los participantes coincidían en señalar que la humanidad estaba dejando de ser resiliente para caracterizarse cada vez más por la anomia asiliente.

Sólo este párrafo hizo que me planteara dos cuestiones. Una: ¿Qué entienden ellos por resiliencia? ¿Qué concepto de resiliencia están manejando? El mío ya lo sabéis, sino os invito a entrar en este link. Y dos: ¿anomia asiliente? Lo reconozco, no había escuchado ni leído nunca ese término. Ni en los cursos ni en los documentos sobre resiliencia que he estado manejando hasta ahora. No obstante, por lo que he podido comprobar, es un término bastante asentado.

Parece ser que “anomia resiliente” es un concepto cuya acuñación se le atribuye al Dr. Dagoberto Flores Olvera, quien firma el documento “Resumen sobre la Resiliencia y la Anomia”, y donde podemos encontrar su definición: “La anomia asiliente es una actitud enferma, una conducta desviada de la norma, que se caracteriza principalmente por transformar la visión real de sí mismo, por una visión errónea, que siendo capaz, demuestra la incompetencia del individuo y del grupo social para resolver problemas y para alcanzar un alto estándar de vida, haciendo que se obtengan resultados negativos ante la adversidad.” (…) “La creencia de ser incompetente ante la adversidad sin serlo.

En el artículo que os decía, se considera que la resiliencia se construye en base a 8 pilares: afrontamiento, autonomía, autoestima, conciencia, responsabilidad, esperanza, sociabilidad inteligente y tolerancia a la frustración. Nos dicen que basta con que uno solo de estos pilares se deteriore para que la resiliencia baje, y la anomia asiliente (factor destructivo) suba. La idea es que la cultura, la sociedad, el contexto, el entorno… puede ayudarnos tanto a potenciar esos pilares como a aumentar nuestro nivel de anomia asiliente.

Leyendo sobre todo esto, vivir en una creencia errónea de que nos somos capaces de algo, no he podido evitar acordarme del conocido ejemplo del elefante que se usa para explicar el concepto de indefensión aprendida: proceso por el que la persona aprende que sus acciones no tienen relación de causalidad con los resultados que obtiene. Este aprendizaje, producido por experiencias repetidas de falta de control, conduce a una inhibición del esfuerzo y a la desmotivación.

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Un pequeño elefante fue encadenado por una de sus pequeñas patitas. El elefantito tiró y tiró, y no fue capaz de liberarse. Y creció y creció y su fuerza aumentó. Pero el elefante, que aprendió desde pequeño que ningún esfuerzo le liberaría, jamás volvió a intentar romper sus cadenas.

Por su parte, el propio Dr. Flores nos recuerda otro buen ejemplo, el del águila que se creía gallina:

“El águila que no quería volar”

James Aggrey

Había una vez un hombre que fue a la montaña a buscar un pájaro para tenerlo en su casa. El hombre capturó un águila, y la metió en el gallinero junto con las gallinas, los patos y los pavos. A pesar de que era un águila, el rey de todos los pájaros, el hombre le daba maíz para comer.

Cinco años después, el hombre recibió la visita de un sabio que conocía todos los secretos de la naturaleza. Al dar un paseo por el jardín, el sabio le dijo: -“Ese pájaro no es una gallina, es un águila.”- “Sí”, dijo el hombre,” es cierto, pero lo he educado como una gallina. Ahora ya no es un águila sino una gallina, a pesar de que sus alas tengan tres metros de ancho”.

-“No”, dijo el sabio. “Sigue siendo un águila, porque tiene el corazón de un águila. Y eso va a hacer que vuele muy alto por los aires.”

Los dos decidieron hacer una prueba. El sabio tomó el águila y le habló como quien hace un conjuro: “¡Tú que eres un águila, tú que perteneces a los cielos y no a la tierra, despliega tus alas y vuela!”

El águila seguía quieta sobre el puño en alto del sabio y miraba alrededor. Vio a las gallinas picoteando granos, estiró el pescuezo hacia ellas y se les unió. El hombre dijo: -“Ya te lo había dicho: es una gallina”.

-“No”, dijo el sabio, “es un águila”. Lo volveré a intentar mañana.”

Al otro día subió con el águila al techo de la casa, lo levantó y dijo: – ¡“Águila, tú que eres un águila, abre tus alas y vuela!”. Pero el águila volvió a saltar y a unirse a las gallinas…

Entonces, el hombre repitió: -“Yo ya te lo había dicho: es una gallina”.

-“No”, dijo el sabio, “es un águila, pero no tiene todavía el corazón de águila. Probaremos una vez más. Mañana voy a hacer que vuele.”

Al otro día se levantó muy de mañana, tomó el águila y salió de la ciudad, muy lejos de las casas, hasta el pie de la montaña. El sol comenzaba a salir, doraba la cumbre de la montaña y cada cima resplandecía en la alegría de la mañana maravillosa.

Levantó entonces el águila y dijo: -“Águila, tú eres un águila, tú perteneces a los cielos y no a esta tierra ¡despliega tus alas y vuela!”

El águila miraba temblando a su alrededor, como si estuviera llenándose de una vida nueva. Pero no voló. Entonces el sabio hizo que mirara directamente al sol. Y de repente desplegó sus poderosas alas, se elevó con el grito de un águila, voló cada vez más alto y jamás regresó.